Curiosidades sobre la Justicia y algunos protocolos judiciales.

La campanilla y el mazo obedecen a tradiciones jurídicas diferentes

La campanilla y el mazo obedecen a tradiciones jurídicas diferentes
La campanilla es de tradición netamente española. El mazo, por el contrario, es de origen anglosajón pero es más conocido gracias al cine y a la tv.
 

Hoy vamos a comenzar proponiéndoles un acertijo: ¿Qué tienen en común el sonido de la campanilla y el del mazo?

La respuesta es bien sencilla. Los dos son los instrumentos de los que se sirven los jueces para abrir o cerrar los juicios. O para mantener el orden en la sala.

El mazo anglosajón: orígenes masónicos

El mazo, también llamado mallete, se utiliza en los países anglosajones, como Reino Unido, Irlanda o Estados Unidos. Lo han visto en las películas.

Su origen, según los entendidos, es netamente masón y aunque no hay constancia de cuándo y cómo fue adoptado por esos sistemas de justicia, tanto en los tribunales como en el mundo de las logias masónicas tiene un mismo sentido: representa el poder y la autoridad.

El mazo o mallete se ha convertido hoy, junto con la balanza y la espada, en el símbolo más identificativo de la Justicia en todo el mundo.

Este simbolismo jurídico-legal está también muy presente en la Iglesia Católica. Cuando muere un Papa el camarlengo, el hombre que administra los bienes de la Iglesia entre un Papa y otro, golpea tres veces con un pequeño mazo o martillo de plata y mango de marfil la frente del pontífice difunto y concluye diciendo “Papa mortuus est”. En verdad, el Papa está muerto.

La campanilla, instrumento de la Justicia española

La campanilla, por otra parte, es el instrumento del que se sirven los jueces españoles para realizar esas mismas funciones que los anglosajones con el mazo.

La campanilla, ya lo saben ustedes, es un instrumento que se utiliza durante la misa y que suele tañir el acólito en el momento de la elevación.

Durante cientos de años los lugares en los que se celebraban los juicios en España fueron las puertas de las Iglesias y las catedrales.

Era lógico, por lo tanto, que, a la hora de optar por un instrumento que se escuchara bien, se eligiera la campanilla por proximidad, familiaridad y eficacia; el sonido de la campanilla es más agudo y claro que el del mazo.

El uso de la campanilla en la Iglesia es una derivación, en menor escala, de la utilización de las campanas. En la época paleocristiana, las campanas se empleaban en las catacumbas para convocar a los fieles a misa.

Desde el siglo VI de nuestra era se convirtió en algo usual en monasterios y conventos. De esa forma fue adoptado como el método más eficaz de llamar a los cristianos, identificando su sonido con la presencia de Cristo y su protección bienhechora.

En la tradición occidental, fueron los egipcios -¿cómo no iba a ser así?- los que comenzaron a emplearlas en las fiestas consagradas a Osiris, después la adoptaron los griegos en sus fiestas dionisiacas y los romanos en sus procesiones. En todos los casos confiriéndole un sentido positivo, considerando que su sonido atraía las buenas influencias y alejaba las perniciosas.

Las nuevas generaciones de jueces españoles hacen hoy un menor uso de la campanilla que la que hacían sus mayores. Algunos, incluso han adoptado el uso del mazo, lo han podido ver a través de la televisión. Sin embargo, buena parte de ellos coincide en que la herramienta más poderosa para imponer la autoridad no es ni la campanilla ni el mazo.

¿Cuál, entonces?

El silencio.

https://confilegal.com/20150825-la-campanilla-y-el-mazo-de-los-juicios/

¿De dónde procede la balanza de la Justicia?

Carlos Berbell y Yolanda Rodriguez
  1. La mitología egipcia en el germen de la balanza de la justicia
  2. El juicio de Osiris
  3. La pluma de Maat
  4. Las referencias a la balanza de la justicia en civilizaciones posteriores

La balanza de la Justicia actual procede del Antiguo Egipto, pero no era el símbolo de Maat, la diosa de la Justicia egipcia. Era el instrumento en el que Anubis, el dios de la muerte que aparecía como un hombre con cabeza de chacal o perro salvaje, pesaba los corazones de los difuntos para determinar si las almas merecían bien el paraíso o ser devoradas por un monstruo horrible.

La mitología egipcia en el germen de la balanza de la justicia

Como muchos de ustedes pueden saber a través de lecturas o de películas de gran éxito, como “La momia”, cuando un egipcio –pudiente, se entiende- moría se procedía a la momificación de su cuerpo.

En ese proceso, se le extraían todos los órganos internos y se sustituían por mirra y otro tipo de sahumerios. El único órgano que se dejaba en su interior era el corazón.

¿Y por qué?

Muy simple: Porque el corazón era la llave hacia el paraíso.

El libro de los muertos y el descenso al inframundo

En el interior del sarcófago, o al lado del cuerpo, se dejaba un rollo de papiro, conocido como “El libro de los muertos”. Este texto era de vital importancia para el “Ba”, como se denominaba al alma del difunto, que era el que tenía que iniciar su camino hacia la otra vida.

Porque para llegar a ella tenía que pasar por el inframundo o Duat, un peligroso lugar habitado por monstruos de todo tipo, lagos de agua hirviente, ríos de lava y de fuego.

 

Para superar todas las pruebas el Ba, a guisa de un Indiana Jones de hace 4.000 años, tenía que afrontar todos los peligros sirviéndose de los conjuros contenidos precisamente en “El libro de los muertos”.

Si conseguía el éxito, llegaba a las puertas de la otra vida de la civilización egipcia, al “Yarú”.

El juicio de Osiris

Ese éxito, sin embargo, no garantizaba disfrutar del paraíso eterno, aunque es verdad que, como aliciente, como suele ocurrir en programas de gran audiencia como “Splash, famosos al agua”, “Gran Hermano” o cualquier otro “reality” de televisión, se dejaba que los almas de familiares y amigos difuntos lo recibieran y le dieran ánimos –desde las gradas de la otra vida, se entiende- ante la gran prueba que todavía le restaba por pasar.

La más importante de todas.

Una prueba que se denominaba el “Ritual del pesado del corazón”.

“¿Cuánto pesa tu corazón?”

Esa última gran prueba tenía lugar en la Sala de las dos Verdades.

 

Y ante tres dioses: Osiris, el dios egipcio de la resurrección, símbolo de la fertilidad; Tot, el dios de la sabiduría, la escritura, la música, los conjuros y los hechizos mágicos, representado con cuerpo de hombre y cabeza del ave ibis; y Anubis, que aparecía como un hombre con cabeza de chacal o perro salvaje.

Anubis era el dios del inframundo o de la muerte (antecedente de Hades en la Antigua Grecia o de Satanás, en nuestra civilización cristiana).

En ese escenario el “Ba” entregaba a Anubis su corazón, que contenía las buenas obras hechas en vida

La pluma de Maat

Éste dios lo colocaba sobre el platillo izquierdo de una balanza enorme.

Sobre el otro platillo, el derecho, ponía la “Pluma de la Verdad”, una pluma de avestruz –la pluma de Maat, el verdadero símbolo de la Justicia de Egipto-, que contenía las malas obras perpetradas a lo largo de la vida.

Si el corazón -que contenía sus buenas acciones, a modo de un disco duro- pesaba más que la pluma quería decir que el difunto había sido una buena persona en vida.

El tribunal colegiado formado por los tres dioses citados, en consecuencia, abrían al “Ba” las puertas del “Yarú”, para que disfrutara, junto con sus familiares y amigos, de un paraíso merecido por toda la eternidad.

Si, por el contrario, la pluma pesaba más que el corazón significaba que la persona había sido mala.

No hay infierno, pero sí una “devoradora de almas”

En ese preciso momento hacía acto de presencia el Ammyt  la“Devoradora”, un monstruo espantoso, mezcla de león, cocodrilo e hipopótamo; una pesadilla genética digna de la mente del doctor Moreau. 

El “Devorador” seguramente haría hoy las delicias de cualquier programa de televisión y dispararía los índices de audiencia hacia alturas inimaginables. Con los consiguientes ingresos publicitarios y la felicidad de los dueños de la cadena.

El “Devorador” se abalanzaba, de forma violenta y ruidosa sobre el corazón del difunto y se lo comía, impidiendo la inmortalidad del “Ba”.

Una faena.

Y el castigo supremo.

Las referencias a la balanza de la justicia en civilizaciones posteriores

La balanza egipcia fue luego adoptada por los griegos, como accesorio identificativo para Themis, su diosa de la Justicia, significando su esencia: la igualdad con que todos los ciudadanos son tratados.

De Grecia la tomaron los romanos para Iustitia, su versión nacional de la justicia griega.

Y de ahí ha llegado hasta nosotros, en un largo periplo de más de cinco mil años desde la primera dinastía del Imperio Antiguo de Egipto, en el año 3.000 antes de Cristo, o de Nuestra Era, como también se dice.

balanza de la justicia en el logo del PODER JUDICIAL

https://confilegal.com/20170807-origen-de-la-balanza-de-la-justicia/

 

¿Cuál es la diferencia entre juez y magistrado en España?
Ana Ferrer es magistrada de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo de España. Carlos Berbell.

¿Cuál es la diferencia entre juez y magistrado en España?

  1. Diferencia entre juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo
  2. Qué se conoce como el cuarto turno y quinto turno
  3. Las diferencias en la vestimenta de jueces y magistrados

Juez y magistrado no son lo mismo. En España existen tres categorías en la carrera judicial: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo.

Diferencia entre juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo

Para ser juez, es preciso ser licenciado en derecho y superar una oposición durísima de 350 temas memorizados. Tras esto, los elegidos tienen que pasar por la Escuela Judicial, ubicada en Barcelona, por un periodo aproximado de dos años.

De juez a magistrado se asciende en el transcurso de la vida profesional, bien porque se superen unas pruebas selectivas exclusivas para jueces, que otorgan esta condición, o por antigüedad, es decir, por tiempo en servicio activo.

Ascender a magistrado del Tribunal Supremo es algo más complejo y requiere de más tiempo.

A ellos los elige el Consejo General del Poder Judicial, que es el órgano de gobierno de los jueces, tras un concurso de méritos al que sólo se pueden presentar magistrados con quince o más años de antigüedad.

Qué se conoce como el cuarto turno y quinto turno

La ley también prevé que se pueda acceder directamente a la carrera judicial como magistrado o como magistrado del Tribunal Supremo, sin pasar por las categorías inferiores.

Para ello es preciso superar un concurso oposición, popularmente denominado cuarto y quinto turno.

En el cuarto turno, una cuarta parte de las plazas se reservan para juristas de reconocido prestigio: profesores de derecho, abogados, etc… Mientras que el quinto turno, reservado sólo al Tribunal Supremo, consiste en ocupar 1 de cada cinco vacantes con juristas de reconocido prestigio.

Las diferencias en la vestimenta de jueces y magistrados

La diferencia de categorías en la escala judicial también se puede apreciar a simple vista analizando la vestimenta.

Todos van togados, pero los jueces no llevan puñetas en las mangas de su toga y los magistrados sí.

Además, mientras los jueces lucen una insignia plateada, todos los magistrados la llevan dorada. Esta diferencia también es palpable en el tratamiento, al juez se le llama señoría y al magistrado, ilustrísima señoría o señoría ilustrísima.

Los jueces y magistrados constituyen un poder independiente, el Poder Judicial, tal y como proclama la Constitución Española y cada uno de ellos es depositario del citado poder. Su función básica es impartir justicia juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado.

https://confilegal.com/20170803-la-diferencia-juez-magistrado-espana/

La catedrática de Zaragoza, María Ángeles Parra, fue elegida magistrada de la Sala de lo Civil por el turno de juristas de reconocida competencia; en la foto, con Francisco Marín Castán, su padrino en la toma de posesión y presidente de la susodicha Sala. Poder Judicial.

¿Cuál es la diferencia entre juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo en España?

Carlos Berbell y Yolanda Rodriguez
18 marzo, 2017
 
 

Los jueces y magistrados constituyen un poder independiente, el Poder Judicial, tal y como proclama la Constitución Española y cada uno de ellos es depositario del citado poder. Su función básica es impartir justicia juzgando y haciendo ejecutar lo juzgado. 

Así, podríamos afirmar que, en sentido amplio, juez es una persona que se encuentra investido de la potestad jurisdiccional, es decir, del poder de juzgar en nombre de todos nosotros.

Es, al fin y al cabo una persona que resuelve un problema o que decide el destino de un acusado.

En nuestro país existen tres categorías en la carrera judicial: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo.

Para ser juez, es preciso ser licenciado en derecho y superar una oposición; de las más duras.

La media de tiempo dedicado a su preparación es de 4 años y siete meses. Tras esto, se abre un periodo en la Escuela Judicial, ubicada en Barcelona.

Allí se amplían los conocimientos teóricos y prácticos adquiridos hasta entonces y se sale con la categoría de juez.

La diferencia entre juez y magistrado se puede comprobar en las togas: el juez no llevan puñetas en las bocamangas y el escudo es plateado, con la leyenda “juez”; el magistrado, por el contrario, lleva puñetas y el escudo es dorado, con la leyenda “magistrado”. Poder Judicial.

De juez a magistrado se asciende en el transcurso de la vida profesional, bien porque se superen unas pruebas selectivas exclusivas para jueces, que otorgan la condición de magistrado, o por antigüedad, es decir, por tiempo en servicio activo.

 

El CGPJ elige a los magistrados del Supremo

Ascender a magistrado del Tribunal Supremo es algo más complejo y requiere de más tiempo.

A ellos los elige el Consejo General del Poder Judicial, que es el órgano de gobierno de los jueces, tras un concurso de méritos al que sólo se pueden presentar magistrados con quince o más años de antigüedad.

La ley también prevé que se pueda acceder directamente a la carrera judicial como magistrado o como magistrado del Tribunal Supremo, sin pasar por las categorías inferiores.

Para ello es preciso superar un concurso oposición, popularmente denominado cuarto y quinto turno.

En el cuarto turno, una cuarta parte de las plazas se reservan para juristas de reconocido prestigio: profesores de derecho, abogados, etc…

Mientras que el quinto turno, reservado sólo al Tribunal Supremo, consiste en ocupar 1 de cada cinco vacantes con juristas de reconocido prestigio. La última elegida ha sido la catedrática de derecho civil de la Universidad de Zaragoza, María Ángeles Parra, que recientemente tomó posesión como magistrada de la Sala de lo Civil del Tribunal Supremo.

La diferencia de categorías en la escala judicial también se puede apreciar a simple vista analizando la vestimenta.

Todos van togados, es decir, llevan togas, pero los jueces no llevan puñetas en las bocamangas de sus togas; los magistrados sí.

Además, mientras los jueces lucen una insignia plateada; todos los magistrados la llevan dorada.

Esta diferencia también es palpable en el tratamiento, al juez se le llama señoría y al magistrado, ilustrísima señoría o señoría ilustrísima.

https://confilegal.com/20170318-diferencia-juez-magistrado-magistrado-supremo/

José Ramón Chaves García
14 agosto, 2017
 

José Ramón Chaves, magistrado del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia, expone aquí un catálogo de las 40 cosas que un juez sensato y sensible debe tener presente a la hora de dictar sentencia. 40 cosas aderezadas con castizos refranes.

Si nos asomásemos al interior de la cabeza del juez enfrascado en el examen de autos, expedientes o normas, posiblemente nos sorprenderían los prejuicios, talante  o criterios que guían su brújula profesional. Esta es una propuesta

1. No debo olvidar que soy humano. Ni soy Hércules ni un Quijote. Solo un empleado público en quien se deposita la confianza en un trabajo artesanal de identificar y aplicar la norma, y en su caso, verificar la realidad de unos hechos (“Dime de lo que presumes y te diré de lo que careces”).

2. No debo esperar el aplauso ni temer la crítica. Me pagan por sentenciar, no por alimentar o proteger mi ego. Debo recordar que el que gana un pleito suele ser ingrato ( se gana por mérito propio: del abogado victorioso) y el que pierde siempre está descontento (se pierde por culpa ajena: del juez); (“Haz el bien, sin mirar a quién”).

3. No hay litigio insoluble (“Quien busca, halla”).

4. No debo dejar de consultar y estudiar las normas y la jurisprudencia, mas allá de lo que las partes han expuesto en el pleito. (“Libro cerrado, no saca letrado”).

5. No debo dar por cierto todo lo que se afirma por los abogados envuelto en citas, leyes y sentencias ( “Un abogado listo, te hará creer lo que nunca has visto”).

 6. No debo escatimar razones para convencer ( “Lo que mas trabajo cuesta, más dulce se muestra”).
 
7. No debo refugiar las razones del fallo en vacíos sobreentendidos: “Es notorio”, “ Va de suyo”, “Se desestima por su propia lógica”, “No hacen falta arabescos argumentales”, etc; ( “Meando claro y cagando recio, nadie te llamará necio”).

8. No debo precipitarme en sentenciar contrarreloj: el tiempo y esfuerzo de las partes requiere un mínimo de sosiego y reflexión (“Las prisas son malas consejeras”).

9. Tampoco debo dedicar todo mi tiempo y vida para elaborar cada sentencia, dando vueltas y revueltas sobre las posibles respuestas a cada cuestión, pues las sentencias como los melones, si maduran mucho, se pasan (“Quien mucho abarca, poco aprieta”).

10. No debo utilizar calificativos denigrantes de la argumentación de los abogados (“disparate”, “absurdo”, “torpe”,etc), y menos adjetivarlos (“manifiesto”, “patente”,”ostensible”…). Los abogados hacen su trabajo y los planteamientos arriesgados de hoy quizás sean acogidos por las sentencias del Supremo del mañana (“Errar es humano, perdonar es de sabios”).

11. No debo perder de vista la realidad por encima de formas, palabrería y leyes: “sentencia” tiene la misma raíz que “sentimiento” (“Será buena la fruta, si el juez de la vida disfruta”).

 12. No confundir extensión con calidad (“Lo bueno si breve, dos veces bueno; y si malo, menos malo”).

13. No debo retrotraer las actuaciones si puedo resolver la cuestión de fondo y evitar pérdidas de tiempo, dinero e ilusiones (“Para ese viaje no hacían falta alforjas”).

14. No debo frivolizar con la imposición de las costas (nadie debe “ir por lana y volver trasquilado”).

15. No debo transcribir extensos fragmentos de sentencias de jurisprudencia hasta la náusea (“A buen entendedor, pocas palabras bastan”).

16. No debo dejar fallos judiciales abiertos que provoquen interminables incidentes de ejecución (no avalar la maldición gitana de “pleitos tengas y los ganes”)

17. No debo intentar contentar a todas las partes: el Derecho da o quita la razón pero no la hace divisible ni elástica. (“No se puede servir a dos señores a un tiempo y tener a cada uno contento”).

18. No bajes la guardia de la atención con la sola lectura de demanda y contestación, pues prueba y conclusiones pueden variar las opiniones. (“Hasta el rabo, todo es toro”).

19. No debo descuidar las formas y la extensión de la sentencia (“Con orden y medida, pasarás bien la vida”).

20. No debo dejar sin releer la sentencia antes de dictarla pues las erratas van mal con la solemnidad de una sentencia ( “Una guinda podre arruina el pastel”).

21. Si la cosa es discutible, o si tiene gran importancia, aunque se tenga un criterio forjado, hay que dejar enfriarlo para repensarlo (“casa con mala cara, consultarlo con la almohada”).

22. No tener reparo en cambiar  el proyecto de sentencia aunque esté muy avanzado, cuando se advierte un error, enfoque o razón mas claro, justo o correcto (“ Mejor volverse atrás que perderse por el camino”).

23. No cambies tu personal criterio por seguir la cómoda corriente de otros compañeros (“Lleva siempre tu camino, y no mires nunca el de tu vecino”).

24. No dejar que el temor reverencial del poder y los políticos condicionen el sentido de lo justo (“Quien con niños se acuesta, mojado se levanta”).

25. No intentes hacer sentencias exquisitamente redondas, exactas, infalibles y diamantinas pues en el sinuoso Derecho Administrativo, en el marco de un complejo proceso, buscar lo perfecto puede ser peor (“Lo mejor es enemigo de lo bueno”).

26. No hay que olvidar que me pagan por sentenciar (“Ya que aprendiste a cobrar, aprende también a trabajar”).

27. No olvidar que la intolerancia o soberbia que refleje la sentencia puede ser la misma que nos aplique un Tribunal superior en rango al revocar la propia ( “ A cada cerdo le llega su San Martín”).

28. No aproveches la sentencia para dar un varapalo a terceros o sentar doctrina académica ( “Agua que no has de beber, déjala correr”).

29. No dejes que tu atención se desvíe del auténtico foco conflictivo, y si la raíz del mal está en un reglamento o una ley, cuestiónalas con firmeza ( “ Muerto el perro, se acabó la rabia”).

30. No dejes que la adulación de un abogado te nuble la visión jurídica ( “La adulación es como la sombra: no hace mas grande ni mas pequeño”).

31.No respondas a la vehemencia o insolencia de un abogado con el mismo tono en sentencia (“A palabras necias, oídos sordos”).

32. No descalifiques con desdén o grosería en tu sentencia el criterio o sentencias de otros compañeros (“La ropa sucia se lava en casa”).

33. No escatimes la educación y el respeto en el uso de formas  y expresiones (“Lo cortés no quita lo valiente”).

34. No olvides que el Derecho no es una ciencia exacta y que el Ilustrísimo, la toga y el mazo no dotan de infalibilidad (“Aprendiz de mucho, Maestro de nada”).

35. No seas tan arrogante como para ignorar con ligereza la jurisprudencia consolidada (“Donde hay patrón, no manda marinero”).

36. No pasará a la historia tu sentencia, ni figurará tu nombre junto a Ulpiano o Mommsen. Los autos se archivarán, la sentencia será una gota de agua en el océano de la base de datos, las partes lo recordarán como una inundación pasada (los que ganan como algo que regó los campos y los que pierden como algo que los anegó), y los abogados seguirán su vida. (“ En el ajedrez el Rey y el Peón, van siempre al mismo cajón”).

37. No pienses que tu sentencia es firme e incuestionable (“El juez propone y el Tribunal Constitucional dispone”).

38. No vaciles en admitir la solicitud de “rectificación de errores” de sentencia o complemento del fallo, o nulidad de actuaciones (“A grandes males, grandes remedios”).

39. No por “fallar” con el “fallo” de la sentencia,  se acaba el mundo (“ Errando se aprende”).

40. No debo renegar de la sentencia que firmé (“Cada palo, aguante su vela”).

Pero sobre todo, me agrada un refrán de origen bíblico: “Con la vara que midas, serás medido” (Mateo 7,2).

Para terminar, y que se me perdone la licencia de incorporar refranes ilustrativos, citará un expresivo fragmento de El Quijote (Capítulo LXVII):

– Mira, Sancho -respondió Don Quijote-, yo traigo los refranes a propósito y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tú tan por los cabellos, que los arrastras y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito antes es disparate que sentencia.

https://confilegal.com/20170814-40-cosas-que-deberia-pensar-un-juez-antes-de-sentenciar/

Cómo ejercer la Abogacía con éxito: 20 consejos prácticos para abogados

3 agosto, 2017
  1. 20. Nada de esperar mirando las musarañas a que llegue el cliente.
  2. 19. Lealtad con el cliente.
  3. 18. Saber escuchar al cliente antes de hablar.
  4. 17. Jamás digas al cliente que el pleito está ganado o que la sentencia se dictará en unas fechas aproximadas.
  5. 16. Valentía al encarar un pleito.
  6. 15. Mantener la coherencia entre los escritos procesales.
  7. 14. No todo es “pescar” jurisprudencia en la vida.
  8. 13. Formarse en las disciplinas transversales.
  9. 12. Las demandas, contestaciones o recursos deben ser breves.
  10. 11. Cuando se escriben unas alegaciones o cuando se expone un alegato verbal  hay que estructurarlo, ordenarlo y con rótulos.
  11. 10. Nada de mandar escritos “en caliente”.
  12. 9. Humildad.
  13. 8.  Cuidar la sintaxis y el léxico.
  14. 7. Nada de aluvión de sentencias, citas jurisprudenciales enormes y reiteradas.
  15. 6. No despreciar nunca los hechos.
  16. 5. Poca calderilla.
  17. 4. No abandones el pleito a su suerte tras las alegaciones o conclusiones.
  18. 3. Recursos, protestas y pataletas, las justas.
  19. 2. Elegancia y respeto hacia el juez y los abogados contrarios.
  20. 1. Exigir provisión de fondos y anticipo.

Tanto si estás dando tus primeros pasos en el ejercicio de la Abogacía como si eres un curtido veterano, aquí tienes 20  consejos prácticos para ejercer la Abogacía con éxito. Un modo excelente de reforzar ideas o quitarse los vicios de la práctica habitual. Escrito por el magistrado José Ramón Chaves:

Me han solicitado algunos consejos prácticos para alguien que quiere ejercer la abogacía. Sin ánimo dogmático, y por si son de utilidad para los novicios, daría los siguientes consejos en clave de psicología forense. Y si alguien, quiere añadir algunos mas, pues bienvenidos. 

20. Nada de esperar mirando las musarañas a que llegue el cliente.

En un mundo competitivo, la especialización y la selección darwiniana  justifican estudiar y estar al día. Hay que especializarse y disciplinarse para conocer el derecho vigente y la última jurisprudencia. Preparar el caso concreto está muy bien pero mejor está forjarse un poso de conocimiento general que proporcione esa valiosa herramienta que es la intuición jurídica.

Hay crisis pero no es buena idea flotar en el naufragio en medio del océano contando las horas. Me viene a la mente la conocida fábula de las moscas:

“Erase una vez dos moscas que se posaron en la leche de un caldero. Una de ellas, la mas fuerte, comprendió que sus patas se hundían en el líquido y no podría salir y se abandonó a su mala suerte. La otra, mas tenaz, decidió mover sus alas y patas rápidamente hasta que se formo una capa de nata que le permitió un punto de apoyo sólido desde el que moviendo las alas pudo pudo salir volando”.

19. Lealtad con el cliente.

El abogado no es un buitre carroñero ante el cliente sino un águila imperial que luchará por los polluelos. Hay que decir la verdad al cliente y saber decirla: mas vale una vez rojo que ciento colorado. Además, si se hacen escritos bien está mandarle copia al cliente. No importa que no entienda la jerga forense, porque lo que entenderá es que su abogado está trabajando en su caso.

También  hay que frenar la voracidad del cliente y pedir lo razonable. Aquéllo de pedir mucho para que te den menos, o de construir la demanda con “ruido y furia” hay que dejarlo para las demostraciones cinematográficas de poder de King-kong, golpeándose el pecho.

La razón puede perderse si se reclama un disparate.

18. Saber escuchar al cliente antes de hablar.

Cuando se recibe al cliente a quemarropa, hay que tener presente el consejo dado por John Wayne para los jóvenes actores: “Habla bajo, habla despacio y no digas demasiado”.

17. Jamás digas al cliente que el pleito está ganado o que la sentencia se dictará en unas fechas aproximadas.

Son variables difíciles de  controlar y todo pronóstico fallido resta credibilidad al profeta. Las buenas noticias se dan cuando llegan.

16. Valentía al encarar un pleito.

Todo está en los libros. Todo puede estudiarse y defenderse pero eso sí, con esfuerzo e incluso en expresión de Churchill, con “sangre, sudor y lágrimas”. Cortar y pegar está bien, pero mejor es leer y estudiar el caso. Siempre se descubren ángulos y perspectivas nuevos.

Por supuesto, no asustarse por el adversario: David vence a Goliat más de lo que creemos.

Y si es una apelación nada de repetir la demanda: hay que tomarse el tiempo para justificar la apelación en términos sucintos, claros y  realmente críticos.

 

15. Mantener la coherencia entre los escritos procesales.

En lo contencioso-administrativo se impone una atenta labor de cotejo entre solicitud administrativa, reclamación o recurso, demanda y escrito de conclusiones, para evitar la condena de “desviación procesal”.

14. No todo es “pescar” jurisprudencia en la vida.

Muchos abogados se dedican a bucear hasta encontrar el caso lo mas parecido posible al planteado y entonces a utilizarlo de pilar argumental. A veces no hay jurisprudencia aplicable o si la hay, la misma está superada o en trance de ser cuestionada.

Más importante que la sentencia citada es la argumentación que la explica y extrae su fruto. Además, si se busca jurisprudencia hay que pescar en todas las aguas: en la jurisprudencia menor, en la constitucional, en los dictámenes o incluso en jurisprudencia de otros órdenes jurisdiccionales pues a veces hay soluciones comunes para disciplinas diferentes.

13. Formarse en las disciplinas transversales.

El Derecho es un universo y bastante es conocer algunas esquinas y vericuetos. Una gran disciplina muy olvidada es el Derecho Procesal y es tremendamente útil.

El mejor cirujano de corazón del mundo fracasará si no sabe como leer un historial clínico, como esterilizar, quien debe acompañarle en su operación, los tiempos de ejecución, si no conoce los efectos de la anestesia o el protocolo de atención al paciente. Un incidente, trámite o argucia procesal puede hacer ganar un pleito “perdido” o perder un pleito “ganado”.

12. Las demandas, contestaciones o recursos deben ser breves.

Aquí el tamaño no importa. No son tesis doctorales ni tampoco deben emular a Proust: los jueces no están para magdalenas.

11. Cuando se escriben unas alegaciones o cuando se expone un alegato verbal  hay que estructurarlo, ordenarlo y con rótulos.

Los puzzles, rayuelas y desorden están bien para el cine independiente pero no para la vida real. Si algo ( un argumento y la tesis consiguiente) no puede resumirse en un rótulo de tres líneas, mejor no decirlo.

10. Nada de mandar escritos “en caliente”.

Un escrito de alegatos no es una pizza sino un delicatesen y para eso hay que tomarse tiempo y si es posible, consultarlo con la almohada. Es increíble como varía la perspectiva e impresión de un mismo escrito cuando es releído por su autor veinticuatro horas después. Solo puede mejorar.

9. Humildad.

Hay que barajar la posibilidad de que estemos equivocados y que el enfoque sea incorrecto o manifiestamente mejorable. Nada mejor que contrastar el asunto con un colega. El distanciamiento enriquece.

8.  Cuidar la sintaxis y el léxico.

Precisión y frases cortas. Resulta contraproducente un mensaje mal escrito, con erratas, errores o indigerible.  Es cierto que las sentencias suelen ser un ejemplo de literatura plúmbea con ecos del Ulises de Joyce pero no por ello el abogado debe incurrir en el vicio que critica.

7. Nada de aluvión de sentencias, citas jurisprudenciales enormes y reiteradas.

Pocas sentencias y citadas en extracto: solo el fruto interesa. Un pleito se gana como se amarra un novillo en un rodeo: rapidez y precisión. Y por supuesto, procurar no fundamentar toda una demanda en artículos de la Constitución. Se necesitan algo más que los diez mandamientos para demostrar que se tienen méritos para ir al cielo o para no  ser condenado.

6. No despreciar nunca los hechos.

Contrariamente a lo que se piensa la inmensa mayoría de los pleitos son controversias sobre premisas de hecho, hay que tener presentes las cargas de prueba y principios de utilidad y pertinencia.

5. Poca calderilla.

Latinajos pocos pero bien administrados. Citas de doctrina y autoridades menos todavía.

4. No abandones el pleito a su suerte tras las alegaciones o conclusiones.

Entre el vencimiento del pleito y la sentencia suele haber un dilatadísimo lapso temporal en el cual puede haberse dictado una sentencia o aprobado una norma favorable a la tesis sostenida en el pleito, y siempre puede y debe aportarse antes de dictarse sentencia.

3. Recursos, protestas y pataletas, las justas.

Hay que librar las batallas procesales que puedan ganarse y no enzarzarse en cuestiones menores o colaterales.

2. Elegancia y respeto hacia el juez y los abogados contrarios.

Trata al abogado contrario como te gustaría que te tratasen. Nada añade la algarada ni el ataque personal, y puede ser factor decisivo de la imposición de unas costas o de una sentencia dura.

1. Exigir provisión de fondos y anticipo.

Y por supuesto, si estamos dispuestos a llevar el litigio como si fuera cosa propia, cumpliendo esas reglas, estaremos en condiciones morales de exigir al cliente la provisión de fondos o anticipo. Sin complejos. Si no lo entiende, no será un buen cliente.

Si te ha gustado este artículo, puedes echar un vistazo a estos consejos cuales son las reglas de oro para ganar un juicio contencioso-administrativo.

https://confilegal.com/20170803-20-consejos-practicos-para-ejercer-la-abogacia-con-exito-2/

Protocolos del mundo Judicial.

La Apertura del Año Judicial

Los tratamientos de las autoridades: el poder judicial

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